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sábado, 8 de octubre de 2011

Bramidos en la noche


Carlos de Hita

Parque Nacional de Cabañeros, la noche del miércoles al jueves. En un claro lateral de la gran raña, la planicie herbácea rodeada de sierras, principal escenario de la berrea de los ciervos.

La luna, en cuarto creciente, acaba de ponerse tras las crestas de la sierra de Valdefuertes, al oeste, y con la oscuridad total los ciervos, que hasta ahora se ocultaban bajo las sombras negras de las encinas, salen confiados a los claros.




La berrea empezó este año muy pronto; a primeros de agosto ya se oían las primeras llamadas de celo, y las tormentas de verano hicieron presagiar la abundancia de hierbas frescas en septiembre, alimento extra para el gran esfuerzo. Pero el otoño está siendo uno de los más secos que se recuerdan, la comida escasea y los ciervos concentran sus esfuerzos en las horas de oscuridad. O lo hacen más de lo normal.

Por momentos los bramidos son ensordecedores. Desde cada esquina del claro, desde cada ladera, llegan las voces entrelazadas de decenas de machos en celo. No se ve casi nada, pero con el oído podemos trazar un mapa sonoro, imaginar el escenario, el número de participantes. A ratos, muy cerca, en la misma linde en la que me escondo, retumba el suelo con los gritos de los animales más excitados, dominantes de un rebaño de hembras o aspirantes a serlo. Semanas de berrea, de gritos y peleas a lo largo de toda la noche acaban con cualquiera, y las voces rotas, afónicas, resuenan junto a los testarazos de quienes prefieren discutir con las cuernas en lugar de argumentar con matices.

Una piara de jabalíes anda por ahí, gruñendo y rebuscando bajo la tierra reseca.

De vez en cuando se escuchan unas toses broncas, de alarma. Suelen ser hembras, más atentas a lo que pasa alrededor, o machos jóvenes, sin ninguna posibilidad de reproducirse, que han venteado un olor extraño, un posible peligro, y lanzan la alarma. Sin mucho éxito, ya que el vocerío no cesa. La mayoría de las ciervas fértiles deben estar ya cubiertas, por lo que las oportunidades se acaban. Es noche cerrada, el alba aún está muy lejos y bajo las estrellas los ciervos tienen todavía mucho que decir en Cabañeros.

Y una pequeña nota final. Hace exactamente venticinco años, venticinco berreas, cogí por primera vez en mi vida un microfono, unos auriculares y un magnetofón. Con la gran suerte de que al empezar a grabar bramó un ciervo. La pasada noche yo estaba celebrando mi particular aniversario.

Cabañeros, en la madrugada del 5 al 6 de octubre de 2011

Fuente:  EL SONIDO DE LA NATURALEZA (ELMUNDO.ES)

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